El informe personal

El día anterior al reparto de las notas, a veces antes a veces después de preparar el álbum del trimestre, en el colegio tenemos por costumbre realizar una tarea de autoevaluación. Esta autoevaluación de nuestra actividad docente no la llevamos a cabo nosotros: la hacen nuestros alumnos.

Se trata de un pequeño escrito donde ellos son libres de expresar lo que desean. Consiste en una pequeña reflexión sobre cómo ha ido el trimestre: qué se esperaban de él, dificultades que han encontrado, aspectos que les gustan o que cambiarían, asignaturas en las que disfrutan, otras en las que se aburren, profesores que “les tienen manía”…

Para ellos es, también, la oportunidad de contar algo que de otra manera no se atreverían. Un conflicto personal, un problema familiar…

El resultado de la reflexión suele ser una evaluación simple de las distintas asignaturas. “Me gusta Educación física porque hacemos juegos”, “matemáticas me gusta porque se me da bien”, “tengo que mejorar en inglés”…

Pero entre las obviedades* siempre hay hueco para encontrar algo que te llama la atención. Un “no me gusta suspender porque mi padre se enfada mucho”, “en inglés me gustaría hablar más inglés y menos en español y que mandara menos deberes”, “me gustaría hacer más excursiones”, “me gustaba más mi anterior profesor porque explicaba mejor las ciencias”

Estos son algunos pequeños comentarios que no hay que dejar pasar. Pequeños tirones de orejas que nos hacen aterrizar y no olvidar para qué y con qué trabajamos todos los días. Es una actividad sencilla que nos puede da mucha información. Aunque mis compañeros la realizan al finalizar cada trimestre yo prefiero hacerla sólo al final del primer y al acabar el curso.

* realmente pienso que por muy sencillos o simples que sean sus reflexiones siempre hay que tenerlas en cuenta.

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A los hechos me remito

Después de una segunda hija y, con la desidia más en auge que nunca, empieza mi segundo intento en cambiar algunos de mis hábitos diarios (que acaban convirtiéndose en semanales, mensuales… y se pasa el tiempo sin haber hecho nada destacable).

¿Seré capaz de escribir? Quizá, si amplío la temática del blog… en fin, creo que no lo circunscribiré al mundo educativo. Así que lo convertiré en mi pequeño refugio de ideas, de acontecimientos (de esto poco), de libros y música (de esto más, como no hay que salir de casa…) y de aspectos que resulten motivadores para obligarme, como ya he dicho, a la escritura y, así, mejorar este aspecto que tengo tan olvidado y atrofiado.

 

 

La mujer de la arena

El título del blog que nos ocupa está tomado de un libro espectacular de Kôbo Abe, La mujer de la arena. En él, un hombre, después de un paseo por la playa en busca de insectos para su colección queda atrapado en una casa donde vive una mujer. La casa está semienterrada entre distintas dunas de arena de gigantesco tamaño. Sólo se puede acceder a la casa bajando por una soga. El hombre queda atrapado en la casa con la misteriosa mujer. Son múltiples sus intentos de salir de ahí, pero al final, distintas circunstancias hacen que se quede.

En mi caso, esta duna de arena inquebrantable es la desidia y la pereza. Dos aspectos que, desgraciadamente, suelen aparecer en bastantes momentos y de los cuales es muy complicado salir aun siendo conscientes de estar atrapados.

Como defensor del pragmatismo que soy, en muchas ocasiones esta búsqueda del máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo se convierte casi sin querer en poco rendimiento con muy poco esfuerzo. Y esto, dentro de un aula, es nocivo. ¿Se merecen nuestros alumnos un maestro así? 

Es por ello por lo que abro este espacio. Un lugar donde expresar mis dudas y reflexiones, un lugar donde encontrar respuesta a mis problemas en el colegio; en definitiva un lugar que me sirva de inspiración y motivación con el fin de mejorar mi práctica docente.